
A Lucianela
Al faro de Malta
Con once heridas mortales...
Cuál suele en la floresta
deliciosa...
Letrilla
La niña descoloría
A
Lucianela
Cuando, al compás del bandolín sonoro
y del crótalo ronco, Lucianela,
bailando la gallarda tarantela,
ostenta de sus gracias el tesoro;
y,
conservando el natural decoro,
gira y su falda con recato vuela,
vale más el listón de su chinela
que del rico Perú las minas de oro.
¡Cómo late tu seno! ¡Cuán gallardo
su talle ondea! ¡Qué celeste llama
lanzan los negros ojos brilladores!
¡Ay! Yo en su fuego me consumo y ardo,
y en alta voz mi labio la
proclama
de las gracias deidad, reina de amores.
Al faro de Malta
Envuelve al mundo extenso triste noche;
ronco huracán y borrascosas
nubes
confunden, y tinieblas impalpables,
el cielo, el mar, la
tierra:
y tú invisible, te alzas, en tu frente
ostentando de fuego una
corona,
cual rey del caos, que refleja y arde
con luz de paz y
vida.
En vano, ronco, el mar alza sus montes
y revienta a tus pies, do,
rebramante,
creciendo en blanca espuma, esconde y borra
el abrigo
del puerto:
tú, con lengua de fuego, «Aquí está.., dices,
sin voz hablando al
tímido piloto,
que como a numen bienhechor te adora
y en ti los
ojos clava.
Tiende, apacible noche, el manto rico,
que céfiro amoroso
desenrolla;
recamado de estrellas y luceros,
por él rueda la luna;
y entonces tú, de niebla vaporosa
vestido, dejas ver en formas
vagas
tu cuerpo colosal, y tu diadema
arde al par de los astros.
Duerme tranquilo el mar; pérfido, esconde
rocas aleves, áridos
escollos;
falsos señuelos son; lejanas cumbres
engañan a las
naves.
Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
tú, cuya inmoble posición
indica
el trono de un monarca, eres su norte;
les adviertes su
engaño.
Así de la razón arde la antorcha,
en medio del furor de las
pasiones;
o de aleves halagos de fortuna,
a los ojos del alma.
Desque refugio de la airada suerte,
en esta escasa tierra que
presides,
y grato albergue, el Cielo bondadoso
me concedió,
propicio;
ni una vez sola a mis pesares busco
dulce olvido, del sueño entre
los brazos,
sin saludarte, y sin tomar los ojos
a tu espléndida
frente.
¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
al par los tomarán!...
Tras larga ausencia,
unos, que vuelven a su patria amada,
a sus
hijos y esposa.
Otros, prófugos, pobres, perseguidos,
que asilo buscan, cual
busqué, lejano,
y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
hospitalaria estrella.
Arde, y sirve de norte a los bajeles
que de mi patria, aunque de
tarde en tarde,
me traen nuevas amargas y renglones
con lágrimas
escritos.
Cuando la vez primera deslumbraste
mis afligidos ojos, ¡cuál mi
pecho,
destrozado y hundido en amargura.
palpitó venturoso!
Del Lacio, moribundo, las riberas
huyendo, inhospitables,
contrastado
del viento y mar entre ásperos bajíos.
vi tu lumbre
divina:
viéronla como yo los marineros,
y, olvidando los votos y
plegarias
que en las sordas tinieblas se perdían.
«¡Malta,
Malta!». gritaron;
y fuiste a nuestros ojos aureola
que orna la frente de la santa
imagen
en quien busca afanoso peregrino
la salud y el consuelo.
Jamás te olvidaré, jamás... Tan sólo
trocara tu esplendor. sin
olvidarlo,
rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
la benéfica
llama,
por la llama y los fúlgidos destellos
que lanza. reflejando al
sol naciente,
el arcAngel dorado que corona
de Córdoba la torre.
Con
once heridas mortales ...
Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de
sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi
esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre
cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.
Y por una oculta senda
que el
Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.
La
hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y
consuelo a mis desgracias.
Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió
el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.
Curábame las heridas,
y
mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.
Yo, no
pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta
de curarme, basta.
Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas
hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.
Tuve contra Marte aliento
en
las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.
Deja
esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende
a curarme el alma".
Cuál suele en la floresta
deliciosa...
Cuál suele en la floresta deliciosa
tras la cándida rosa y azucena,
y entre la verde grana y la verbena
esconderse la sierpe ponzoñosa;
así en los labios de mi ninfa hermosa,
y en los encantos de mi faz
serena
amor se esconde con la aljaba llena,
más que de fechas, de
crueldad penosa.
Contemplando del prado la frescura
párase el caminante, y siente
luego
de la sierpe la negra mordedura:
yo
contemplé a mi ninfa, y loco y ciego
quedé al ver de su rostro la
hermosura,
y sentí del amor el vivo fuego.
La niña descoloría
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las
rosas
a sus mejillas!
Nunca de amapolas
o adelfas ceñida
mostró Citerea
su frente divina.
Téjenle guirnaldas
de jazmín a sus ninfas,
y tiernas violas
Cupido le brinda.
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
El sol en su ocaso
presagia desdichas
con rojos celajes
la faz encendida.
El alba en oriente
más plácida brilla;
de cándido nácar
los cielos matiza.
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las
rosas
a sus mejillas!
¡Qué linda se muestra
si a dulces
caricias
afable responde
con blanda sonrisa!
Pero muy más bellas
al amor convida
si de amor se duele,
si de amor respira.
Pálida está de
amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
Sus lánguidos ojos
el brillo amortiguan;
retiemblan sus
brazos:
su seno palpita;
ni escucha, ni habla,
ni ve, ni respira;
y busca en sus labios
el alma y la vida...
Pálida está
de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
Letrilla
Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que
así me hacen mal?
Desde que los vide
ni sé descansar;
perdí mi
reposo,
no puedo parar.
Sin duda que fuego
oculto tendrán,
pues, cuando me miran,
me siento abrasar.
Mas no da este fuego
incomodidad,
sino solamente...
no lo sé explicar.
Decidme,
zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me
hacen mal?